La estética de lo "Xeno-"

(Sus piezas, ideas, tatuajes y láminas aquí: https://www.instagram.com/spottitattoo/)

Conozco a Spotti desde hace más de 20 años, desde nuestra post-adolesencia loca de tardes de skate y noches de furtiveo y fiesta. Tengo en mente su evolución como tatuador, desde sus comienzos, donde experimentaba con los (nuestros) brazos de sus amigos como lienzos, hasta lograr el hueco y la profesionalidad que posee ahora dentro del mundo del tatuaje. Y me siento muy orgulloso de su trayectoria.

Frente a las piezas de Nicolás Spotti, específicamente estos "xenomorfos", no me siento ante una representación, sino ante una intrusión. Al observar estas formas orgánicas y gélidas a la vez, me veo obligado a desplazar mi mirada desde la estética tradicional hacia lo que hoy llamamos xenofilosofía: la reflexión sobre lo radicalmente "otro", aquello que no comparte nuestra genealogía biológica ni cultural.

La anatomía de lo inhumano

Lo primero que me asalta es la negación de la simetría antropomórfica. Spotti no dibuja cuerpos; ensambla quimeras biomecánicas. Hay una tensión dialéctica entre el rojo visceral, que evoca una musculatura o un exoesqueleto de quitina, y el negro abismal que parece devorar la luz.

Desde mi perspectiva, estas obras funcionan como un test de Rorschach ontológico. ¿Estamos viendo una armadura, un parásito o una nave? La respuesta es, probablemente, las tres cosas. En la estética xeno, la distinción entre herramienta y organismo se colapsa. El "Cosmonauta" aquí no es el hombre dentro del traje, sino la entidad híbrida resultante, una forma de vida adaptada a un vacío que no nos pertenece.

El horror de la alteridad

Al mirar estas formas, recuerdo el concepto de lo siniestro de Freud, pero elevado a una potencia cósmica. No es lo familiar vuelto extraño; es lo absolutamente extraño intentando hablarnos en un lenguaje de curvas y espinas.

  • La textura del pensamiento: Las estrías en el rojo sugieren una complejidad funcional que mi cerebro humano intenta desesperadamente categorizar (¿es una ala?, ¿un pulmón?).

  • La negación del rostro: Al eliminar cualquier rasgo facial, Spotti nos priva de la empatía. No puedo "conectar" con el Cosmonauta; solo puedo ser testigo de su existencia. Esta es la esencia de la xenofilosofía: aceptar que el universo contiene arquitecturas de conciencia que son indiferentes a nuestra presencia.

Es imposible disociar estas formas de la narrativa Biopunk, esa vertiente de la ciencia ficción donde la biotecnología ha reemplazado a la mecánica. En las piezas de Spotti, percibo la culminación estética de esta corriente: no hay tornillos ni cables, sino una ingeniería de fluidos, tejidos y densidades óseas.

Si el cyberpunk nos hablaba de la alienación a través del silicio y el neón, el biopunk —y por extensión esta obra— nos habla de la manipulación de la carne como lenguaje. Al observar sus láminas, imagino un cuerpo que ha sido "hackeado" no con código informático, sino con secuencias genéticas de especies abisales o extraterrestres. Estas estructuras rojas parecen órganos externos, extensiones de una voluntad que ya no responde a necesidades biológicas primarias, sino a una estética de la supervivencia extrema. Es la belleza del bio-hacking llevada al paroxismo: el cuerpo deja de ser un templo sagrado para convertirse en una materia prima infinitamente moldeable, una escultura viva que desafía las leyes de la anatomía natural para abrazar una funcionalidad alienígena.

La estética de la adaptación radical

Para mí, el trabajo de Spotti resuena con una era de incertidumbre tecnológica. Estas figuras parecen ser el resultado de una evolución dirigida o de una mutación post-humana. No hay rastro de la fragilidad del carbono tal como la conocemos. Hay una elegancia cruel en estas piezas, una "belleza de la eficiencia" que prescinde de la moralidad humana.

"El arte xeno no busca agradar al ojo, sino reconfigurar el sistema nervioso de quien lo mira."

Contemplar estas imágenes me hace sentir como un arqueólogo del futuro encontrando los restos de una especie que aún no ha nacido. Es una invitación a abandonar nuestro narcisismo de especie y aceptar que la vida —o lo que sea que estas formas representen— es un flujo plástico, oscuro y vibrante que no necesita nuestra aprobación para manifestarse.

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